La vida Onírica

Oniros, uno de los mil hijos de Tánatos, conocido también como Morfeo por su capacidad de tomar la forma de seres humanos y mostrarse en sueños.

martes, 17 de julio de 2007

Isaías

Isaías tiene diez años(tal vez 11), es vendedor ambulante. Pasa todos los días por el local donde trabajo ofreciéndome Mantecol, bizcochitos Criollitas, ChocoChips, maní, tijeras e hilo, pañuelitos y demás productos económicos. Tiene casa, una familia a la que no conozco y odiaría conocerla, una televisión(estaba muy emocionado cuando pasaron Harry Potter y el prisionero de Azkabhan, vendió todo rápido para llegar a verla), dos hermanas, una de las cuales se casó hace muy poco e hizo una gran fiesta, un papá diabético y alguna vez mencionó a su madre al pasar. No es de la calle, estudia por las mañanas y por la tarde trabaja en el tren, bajando en cada estación a proveer a su clientela de todos los días. Llega impecable en su aseo personal, las manos limpias, oliendo bien, el rostro redondo como un tomate, el cabello cortito sin asomos de grasitud. Su ropa ya no lo es tanto, remendada y sucia. No siento compasión por él, no me guata llamarlo así, siento injusticia. Injusticia de que deba trabajar siendo aún una criatura de voz tan dulce, injusticia de que ande por las calles tan entrada la noche, injusticia de verlo comer las sobras de una tortilla de grasa dejada en un puesto ya cerrado, injusticia de verle las manos como un matambre rojizo debido al peso de las cajas de mercadería que lleva, injusticia de que no pueda estar en su hogar haciendo la tarea o jugando a la pelota en una esquina. Injusticia de que le haya tocado vivirla así.Y anoche soñé con él: Lo invité a mi casa a comer, y él se presentaba con su campera celeste de sienpre y un jean oscuro y gastado. Traía una enorme caja de galletas al hombro. Le quise ofrecer mercadería que había comprado para que lleve a su casa, pero se negó rotundamente, con dignidad de pobre. Yo no entendía tanto orgullo. Y la veo a ella, la madre. Flamante, recién salida de un salón de belleza: el pelo negro, largo y enrulado; maquillaje perfecto; vestimenta de ejecutiva, tacos y cartera. La odié, la odié profundamente, y la insulté mentalmente por tener a su hijo trabajando en la calle. Tenía tanta rabia que sentía que me babeaba, como los perros. Y me hablaba, me explicaba no sé que cosas. Yo no escuchaba, estaba concentrada en detestarla.No soy quién para juzgar a los padres del niño, y lo sé, pero no puedo evitar odiar su familia, odiar a perfectos extraños. Me lo robaría, lo tendría en mi casa viviendo conmigo, compartiendo la mesa, las tardes de películas, la merienda de la tarde, una salida al cine, todo. Pero no se puede, y después de todo no creo que él así lo desee.

1 comentario:

Gustavo dijo...

muy buena la idea del blog, pasaré seguido por acá...